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sábado 16 de mayo de 2009

Relato: Posesión Demoniaca

Sandra se encontraba tumbada en la pequeña cama de su cuarto, mirando hacia una ventana con rejas que le impedía observar la cuidad de Granada en su esplendor nocturno.

Se sentía encerrada tanto en sí misma como en aquél cuarto del tamaño de un zulo, típico de los conventos dominicos, y dejaba transcurrir las horas, esperando al día siguiente. Sufría de insomnio producido por la depresión en la que se encontraba inmersa y de la cual no era enteramente consciente y las noches se le hacían tremendamente largas hasta el punto de llegar a la desesperación.

En aquellos instantes nocturnos, su mente divagaba, viajaba sola a lugares recónditos manchados de negro, invadiendo su espacio vital hasta ahogarla en su propio llanto. Su mente hablaba a solas consigo misma hasta el punto de creerse desdoblada y comenzar a adquirir una segunda personalidad desconocida para ella hasta el momento. Tumbada en la cama se sentía flotar en el aire como su algo le empujara para arriba y su cabeza daba vueltas dentro de ella hasta sufrir cómo su cuerpo evitaba la sensación de gravedad, dejándose llevar.

Llegada la medianoche y sin lograr conciliar el sueño, Sandra apagaba aquella luz de neón cegadora y encendía una vela para amortiguar la sensibilidad a la luz. Aquella vela de color rojo parecía desprender un aura creciente y observándola, sus ojos proyectaban la luz de la vela hasta agrandarla y ver el espectro de colores de un arco iris.

En aquella habitación había alguien más, Sandra sentía una presencia invasora, algo que la observaba de cerca en la invisibilidad de sus noches; aquella presencia le provocaba cierto temor y al mismo tiempo una curiosidad inusual, obsesiva, pasional, hasta el punto de llegar a encontrarse cómoda, lejana de una soledad cuyo poder la envolvía moribunda.

Por las noches, el silencio era abrumador y la ciudad callada provocaba en Sandra una necesidad imperiosa de sentir contacto humano; sin embargo, a dos metros flanqueada de lado a lado por otros cuartos habitados y durmientes, aquél contacto lo percibía imposible y lejano al mismo tiempo. La soledad mataba sus noches y sus días y únicamente aquella presencia le hacía sentirse importante y acompañada. Sabía que aquella sombra desconocida suponía una entrada a otro mundo, otra dimensión lejos de la tangibilidad y vulgaridad de la vida cotidiana y se regodeaba en ella, dejándose absorber por su energía oscura y penetrante.

Pasaban los días, las semanas, y Sandra terminó por permanecer de forma prácticamente continua en aquél cuarto donde se sentía cómoda, hasta el punto de olvidar las comidas y los quehaceres diarios, hasta el punto de dejarse a sí misma y a los demás. Los días se convertían en sus noches, durmiendo el cansancio acumulado de las noches de insomnio y una vez anochecido, aparecían de nuevo aquellos síntomas de perturbación. Llegado un punto, Sandra, que había permitido el engrandecimiento de aquella energía, terminó por escuchar su voz. Había una voz que le hablaba y Sandra la reconocía como aquella sombra que le observaba desde un ángulo del cuarto en soledad y quiso conocerla más a fondo y conversar hasta hacerse su amiga. Por primera vez en días, Sandra salió de aquel colegio dominico y se dirigió a comprar enseres, todos ellos para lograr armonizarse con aquella presencia turbadora y esa noche, preparó todo para la comunión.

Sobre la medianoche, desplegó una cartulina morada y con un rotulador permanente perfiló el abecedario sobre ella y una serie de signos que le permitirían establecer contacto con la sombra. Con un pequeño vaso y a la luz de las velas, Sandra comenzó a interrogar a la presencia buscando desesperadamente una contestación. Sin embargo, nada parecía ocurrir; era como si hablara dentro de su cabeza pero no lograra manifestarse físicamente para poder mover el vaso. Pero Sandra siguió intentándolo y la siguiente noche volvió a tratar de comunicarse con ella. Aquella noche había comenzado un punto de inflexión en la vida de Sandra, un cambio que le acompañaría para el resto de sus días, pero ella no lo sabía, simplemente no tenía la experiencia necesaria para reconocer aquello que estaba viviendo.

El vaso comenzó a adquirir personalidad propia y ante la pregunta de: "¿quién eres?" no había respuesta, pero el vaso parecía encontrarse entre dos fuerzas que luchaban entre sí y la frase rezaba: "Eres hija de Dios" y seguidamente: "No, te está engañando, es mentira". El vaso se movía de forma rápida y brusca por el tablero haciendo diferentes combinaciones de palabras: " No le escuches", "Te daré Poder", "No, eres hija de Dios", "Vete"...

Sandra permaneció rígida y tensa y no podía creer lo que estaba ocurriendo; pensó que su mente se había trastornado y que empezaba a perder la poca cordura que le quedaba. Sin embargo, aquella fuerza parecía ajena a ella, no hacía ninguna presión sobre el vaso, no tenía sensación de que los movimientos nacieran de ella y al mismo tiempo sentía la presencia haciéndose fuerte y poderosa cada día. Sandra siguió con las sesiones un día tras otro hasta el punto de que no sólo no podía dormir por las noches sino que incluso sentía un pánico incontrolable. No sabía a quién acudir, cualquiera la hubiera tomado por loca. Una de las noches de forma impulsiva salió del cuarto aterrorizada y se sentó en el pasillo contiguo, largo, angosto, frío y sin iluminación y sentía el mismo terror que en el cuarto, hasta que sin poderlo evitar corrió hasta la habitación de una compañera pidiéndole que por favor le dejara dormir con ella, que había tenido una pesadilla. Pasaron dos días y Sandra no quería volver al cuarto por la noche, pero sabía que no podía ocupar permanentemente la habitación de su compañera así que decidió regresar. Compró incienso y trató de ventilar aquellas energías que la perturbaban y pensó que lo mejor era no seguir con las sesiones nocturnas. Esa misma noche experimentó una sensación desconocida y a raíz de ello, se dio cuenta que aquella energía había tomado vida propia y ya no necesitaba de las sesiones con la cartulina para manifestar su poder. Sandra se tumbó en la cama y notó como se movía, las sábanas parecían encogerse solas y a Sandra le invadió la angustia; trató de relajarse y hacer caso omiso a lo que estaba viendo y sintiendo ya que entendía que podía estar sufriendo una psicosis temporal que le hacía alejarse de la realidad y ver cosas que no estaban sucediendo pero que su conciencia alterada inventaba. Comenzó a sentir cierta somnolencia y creyó quedarse dormida y entrar en sueños. Al cabo de unos minutos, Sandra empezó a sentir como le tocaban la pierna y subían hacia arriba, hacia el torso, tocándole el pecho y apretando sensualmente. Ella se sintió bien, excitada, con los ojos cerrados, disfrutando del momento. Sintió como le besaban, unos labios carnosos rozaban los suyos, le besaban el cuello, le abrazaban y bajaban hasta la entrepierna, sintió cómo la penetraban, despacio, de forma sigilosa pero con determinación y constancia. Sandra estaba follando; era tan real que parecía mentira que pudiera ser un sueño y llegado al éxtasis culminante, abrió los ojos, y sintió como aquella energía le abandonaba, pero estaba allí; se dió cuenta de que había sucedido en realidad, que no era un sueño, que esa noche había sido poseída y disfrutó.

En su locura, Sandra decidió reanudar aquellas sesiones; seguía teniendo la imperiosa necesidad de conocer a aquella presencia más a fondo, sintió que debía investigar hasta el final, sin importar las consecuencias. Se armó de valor y decidió dejar el pánico a un lado y ser dueña de sí y afrontar aquella experiencia de forma valiente y decidida. Aquella decisión fue una de las peores que pudo tomar ya que Sandra no sabía a qué se estaba enfrentando ni por qué.

" Quiero hablar a través de ti", "Te daré Poder", "No estás sola, estás conmigo"...

Sandra se creció ante lo que estaba sucediendo y creía haber encontrado una puerta abierta hacia el mundo esotérico que tanto le fascinaba. Ella sentía que tenía algo especial, que era especial y al mismo tiempo incomprendida, que el mundo no la conocía ni la conocería y que su vida debía girar entorno a otra dimensión que no fuera la vulgaridad de lo real. Estaba decidida a seguir hasta el final, costase lo que costase, creyendo que iba a obtener algo a cambio; pero se equivocó; tenía mucho que perder, más de lo que ella se podía llegar a imaginar; algo que para ella no existía más que en la fantasía de la ficción narrativa.

Una de las noches tuvo una pesadilla y la vivió como si fuera real y se despertó en llanto desesperado. Una imagen invadía su cabeza; veía a su familia toda junta, inmóvil a modo de foto, ahorcada en un salón. Ese día sintió como todo cambiaba, ese día fue consciente de ello y supo que no había sido por aquél sueño.

Cada día se sentía más cansada, tan cansada que el cuerpo se le iba; tenía la sensación de que una lipotimia perpetua le acompañaba minuto a minuto. Intuía que lo que estaba haciendo podía ser el origen de ese cansancio, pero no quería abandonar; se había enganchado obsesivamente a una droga invisible y no podía dejarlo bajo ningún concepto. Las semanas iban pasando y se acercó el verano, tiempo en el que debía abandonar aquél colegio y regresar a casa de sus padres. Aquél verano no fue así, y terminó yéndose a casa de su tía un par de manzanas más lejos. Y se llevó consigo la cartulina morada allá donde iba, pero se prometió a sí misma no sacarla del armario donde la había depositado en un acto de voluntad; no quería impregnar otra habitación con esa energía; sentía que por un tiempo estaría alejada de aquello y podría rehacer su vida. Pero se equivocó.

Días más tarde sacó aquella cartulina y la extendió sobre una mesa de despacho que había en la habitación donde dormía y reestableció la comunicación con aquél ser. La energía se hizo presente, con la misma fuerza que en anteriores ocasiones y el tono de la conversación cambió y Sandra se lo empezó a tomar a broma, algo que no entendía y que le parecía irrisorio: "Voy a coser tu alma", "Coseré tu alma con la mía", "Ocurrirá pronto", "Adiós"...

Sandra se quedó perpleja y esbozó una sonrisa, porque ni lo entendía y tampoco comprendió que podía ser verdad... hasta que ocurrió...

Volvió a desplegar la cartulina uno de los días en los que estaba sola en casa y una vez más aquella presencia le volvió a explicar que iba a coser su alma y cuando quiso darse cuenta, yacía en el suelo y se sintió morir lentamente. Algo agarraba su alma de forma irrefrenable y suplicó al cielo y al infierno que parase. Sentía como su alma estaba siendo desgarrada lentamente y sola y sin ayuda pensó que de aquella no saldría viva. Empezó a ahogarse y a marearse y sentía como aquella cosa se le pegaba a la espalda como si efectivamente estuviera remendando su alma con la otra. Pasada media hora, Sandra seguía en el suelo sin articular palabra y sin poderse mover. Parecía como que aquella sensación había parado de pronto y a partir de ahí, los días se hicieron más largos y tediosos; y perdió el sueño, padecía de insomnio y ataques de pánico nocturnos. Cada vez que intentaba conciliar el sueño de agotamiento sentía que caía al negro abismo y se despertaba abruptamente con un terror inusitado.

Su energía comenzó a descender rápidamente; apenas tenía fuerzas para hacer una vida normal y comenzó a tener hambre a todas horas, como si la comida no le diera energía suficiente para el día a día.

Al poco tiempo comenzó a escuchar una voz que parecía salir de fuera pero que sólo ella escuchaba. Aquella voz la desgarraba por dentro; era como si tratara de hacerse con el control de su voluntad, de hacer de ella una máquina que obedeciese órdenes y contra ello, Sandra tuvo que luchar los siguientes cuatro años de su vida. Aquella voz era maligna, buscaba destrozar todo y a todos y sin que nadie se percatara, Sandra luchaba cada minuto contra esa voz que intentaba dirigirla como si de una marioneta se tratase… El alma de Sandra pasó los siguientes años cosida a la del aquél espíritu diabólico y entre ambos establecieron una lucha entre bien y mal y para Sandra se abrieron las puertas del Infierno...

De exorcizandis obsessis a daemonio

** Reportajes (inglés) en "You Tube" acerca de la práctica espiritista con el tablero Ouija:
http://www.youtube.com/watch?v=EMhqq5F_RZ4
http://www.youtube.com/watch?v=Vhre44WZ4eU

Los Librepensadores

El acercamiento al Misticismo y a la realidad esotérica nace desde la reflexión filosófica y existencialista acerca de la vida. Una aproximación desde una perspectiva dogmática carece de fundamentación racional y vacía al postulante de todo análisis crítico y de toda edificación constructiva de sus propios pilares del pensamiento.

La Contemplación supone un ejercicio necesario para la maduración del intelecto junto con un obligado examen introspectivo que le permita al pensador establecer un lógico distanciamiento a modo de espectador entre sus pensamientos y su criterio razonador.

El fanatismo religioso es vacuo y se encuentra alejado radicalmente de la figura del librepensador ya que ata al hombre con cadenas infranqueables, estableciendo pautas determinadas para su conducta y su manera de pensar, evitando el conocimiento de uno mismo, alejado de autoengaños, y la maduración a través de las propias experiencias y la construcción sana de la personalidad pensante y emocional.

La religión per sé provoca una constricción irracional del pensamiento y de los impulsos, situándolos hipócritamente en un limbo, terminando por crearle al hombre un conflicto interno de difícil solución en mayor grado con el paso de los años.
El hombre, como un todo, puede entenderse como un conglomerado de instintos, impulsos, emociones, sentimientos y pensamientos, todos únicos, ordenados según la perspectiva individual y la experiencia de la socialización. Ni que decir hay, que la Sociedad, de modo general y particular, influye en el hombre, no siempre para bien, ya que al igual que la religión establece sus pautas de conducta, ésta primera, establece, además de las legisladas vigentes, otras de carácter tradicional y generacional a las que se ve sometido imperativamente. Sin embargo el hombre ha de saber separar de forma inteligente, mediante frontera invisible, la experiencia social de la personal, para evitar que la primera invada a la segunda hasta convertirlo en un mero robot social.

Existen figuras sociales que nos son impuestas en base a un orden jerárquico, tanto divino como humano. Por éste motivo, no somos nosotros los que personalmente establecemos quiénes deben ser; a lo sumo se nos da la opción de elegir entre los que ya han sido elegidos como posibles y finalmente la mayoría decide, como imperativo necesario para la convivencia pacífica. En el caso de la religión existe un absolutismo irrefrenable, donde no sólo no escogemos de motu propio a aquellas figuras a las que consideramos ejemplo a seguir, sino que se auto ensalzan obligando al hombre a aceptarlas del mismo modo en que se aceptan los dogmas de fe. Volviendo a la cuestión social, la tolerancia de dichas figuras únicamente comporta una sumisión a nivel social, es decir, una permisión desde nuestra faceta social, pero no implica la aceptación por parte de nuestra personalidad interior, que debe ser libre en su plenitud, sin necesidad de establecer figuras de ninguna clase, sino virtudes perfectas que desee integrar dentro de sí.

El hombre debe ser capaz de hacer trascender su interior más allá de las meras cuestiones sociales. Existe por tanto una diferenciación entre la personalidad social y la personalidad particular y ambas deben lograr cierta armonía o convivencia de la misma forma en que procuramos hacerlo en sociedad ante la decisión mayoritaria, probablemente, contraria a nuestros criterios, de cuestiones que podemos considerar nos afectan. El hombre, por tanto, ha de procurar no edificar sobre su personalidad particular conflictos con su personalidad social y al revés para evitar trastornos conductuales que lo aboguen a la infelicidad.

Las figuras religiosas funcionan de manera similar a las sociales, pero además de regular cierta parte de la conducta social, también incide sobre los pensamientos y las pautas de conducta individuales y ahí radica el mayor de los errores, ya que como hemos dicho anteriormente, vacía al hombre de la posibilidad de que construya su particular personalidad y se conozca a sí mismo.

La imposición de la figura de un Dios no es algo que deba darse obligadamente sino a través de la propia búsqueda espiritual desde un punto inicial no contaminado de influencias externas, armonizando razón y fe, desde la crítica constructiva y la experiencia mística, trascendiendo a lo ya humanamente establecido.

El análisis crítico y racional de las religiones permite al librepensador darse cuenta de las múltiples carencias de unos dogmas inventados por el hombre a los que concede carácter divino y que la propia historia niega rotundamente su existencia, relegándolos a meros mitos de tiempos pasados donde se explicaba la creación del mundo en base a la personalización de figuras humanas con virtudes divinas. Por otro lado, la Historia, modelada oportunamente en base a intereses de distinta clase, ha de saberse interpretar, entiendo las lagunas y tergiversaciones existentes, a sabiendas de que suponen un conjunto de reminiscencias de hechos pasados por el prisma de la perspectiva particular de quien lo escribió.

Parece increíble pensar que existen multitudes que puedan abrazar ciegamente distintas religiones de forma exclusivamente dogmática y absolutista sin tan siquiera pararse a pensar por qué creen en aquello ni para qué. Estos hombres se encuentran vacíos de personalidad particular y carentes de toda humanismo e intelectualidad, caminando por la senda de la vida como marionetas fallidas de lo que Huxley tan bien representó en su "Mundo Feliz", ni siquiera siendo conscientes de ello.

El librepensador ha de rechazar sistemáticamente en su interior todo dogma o imposición que le sea infiltrado, examinando todo con distancia y detenimiento, hasta llegar a la conclusión que le parezca más acertada y que armonice consigo mismo.

El intelecto es una apreciada herramienta que nos distingue a unos de otros pero sobretodo es a través de la cual podemos alcanzar la libertad interior, alejada de contaminaciones indeseadas.

El Mundo por su parte se encuentra ya modelado, alejado del ambiente que le permita al hombre, dejar de sentirse continuamente contaminado por pensamientos ajenos. La libertad social de cada uno termina donde empieza la del otro, pero el pensamiento particular e interior no debe encontrar limites para alcanzar su plenitud. Para ello el hombre debe respetarse a sí mismo y a sus semejantes y preocuparse especialmente de educarse e inspirarse en su propio camino interior, dejando que cada hombre dirija el suyo propio. Además ha de aprender a armonizar la convivencia social y la del ego particular, a sabiendas de que no siempre estarán de acuerdo.

Mientras las figuras representativas de nuestras sociedades impongan dogmas religiosos y políticos trasladen sus defectos, carencias y experiencias personales a las mismas, la sociedad se verá contaminada y vacía de toda posibilidad de perfección. Necesitamos por tanto, librepensadores, que aboguen por ideales y virtudes aristotélicas, que aprendan a establecer distinciones entre el bien particular y el bien social, que sepan limpiar de desechos generacionales los pilares que sustentan la diversidad social.

El hombre en su egoísmo descontrolado, busca contagiar de sus defectos a sus semejantes, imponiendo criterios ajenos que hace suyos, haciendo de los demás meros animales. Esto es contrario al concepto de "iluminación". En el fondo, todas las cuestiones que afectan al hombre tienen un trasfondo existencialista y de supervivencia. En el ámbito religioso, encontrarse con Dios significa encontrarse con uno mismo, pues ya lo profetizaban los griegos: "conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses".

De esta forma, con unos roles sociales preestablecidos y aparentemente irremplazables, el librepensador se sentirá en soledad y con un deseo remanente de participar de la actividad social en plenitud, que nunca se verá satisfecho totalmente, ya que será único en su especie, con su particular visión del mundo. Al mismo tiempo, en sociedad, exudará maneras que los humanoides rechazarán sistemáticamente como el perro que rehuye de otro al creer de forma errónea en la superioridad de éste. El librepensador buscará siempre mejorarse a sí mismo, explorarse hasta conocerse y ampliar sus conocimientos de forma progresiva y continua, tratando de afectarse únicamente a sí mismo y que los demás escojan su propio camino al igual que hace él.